jueves, 4 de marzo de 2010

CRISTINA Y SU REALIDAD

En el discurso improvisado que, con la agresividad que la caracteriza, pronunció ante la Asamblea Legislativa, la presidenta Cristina Kirchner procuró convencer a los asistentes, y a todos los demás ciudadanos del país, de que los medios en su conjunto se las habían arreglado para crear un país espurio,

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uno "virtual y mediático" en el cual "suceden cosas horribles, donde todo está mal", que es muy distinto del "país real" que le ha tocado administrar que "ha permitido por ejemplo que se batan récords en materia de esparcimiento de la población, de compras" como hacía años no ocurría.

Aunque no cabe duda de que la Argentina "año verde" del relato de Cristina es muchísimo mejor que la que figura en los medios –con la presunta excepción de algunos resueltamente oficialistas–, esto no quiere decir que corresponda a la realidad tal y como la percibe la mayoría que, por motivos comprensibles, se siente preocupada por la inflación creciente, la inseguridad, la corrupción, el enriquecimiento fenomenal de la presidenta y su marido y la sensación, que se intensifica por momentos, de que el país está a la deriva.

Puede que en ocasiones ciertos medios sí hayan exagerado un tanto al llamar la atención sobre lo negativo y minimizar lo positivo –en todas partes los gobernantes suelen quejarse por dicha propensión–, pero se trata de un fenómeno que en una democracia es perfectamente normal, ya que los únicos países en que los medios se dedican a difundir buenas noticias, pasando por alto las malas, son dictaduras como Corea del Norte y Cuba.

De todas formas, el intento de Cristina de hacer pensar que es dueña exclusiva de lo que el entonces presidente Carlos Menem calificaba de "la verdad verdadera", cuando lo molestaban mucho los medios, y que quienes se niegan a reconocerlo son seres perversos que sueñan con destituirla no podrá ser sino contraproducente.

A esta altura los Kirchner deberían entender que a los políticos serios nunca les conviene comprometerse demasiado con teorías conspirativas extravagantes porque la afición así supuesta es universalmente considerada un síntoma de paranoia.

Sin embargo, en los meses últimos tanto Cristina como su marido no han vacilado en acusar a los miles de medios del país, además de muchos extranjeros, de confabular en su contra en lo que imaginan es un esfuerzo conjunto por vender una imagen distorsionada de la realidad nacional.

Parecería que a su juicio no se trata de los eventuales excesos de un diario determinado o de un grupo, el encabezado por Clarín, sino del accionar de casi todos los medios, lo que en un país tan pluralista como el nuestro en que suele hacerse oír una multitud de opiniones diferentes es francamente absurdo.

También se han ensañado los Kirchner con los jueces que fallan en su contra al extremo de hablar de un fantasmal "partido judicial", tema éste al que Cristina volvió al inaugurar el período número 128 de las sesiones ordinarias del Congreso: para ella, un juez bueno es uno que colabora sistemáticamente con el gobierno.

En cuanto a la tendencia de la oposición a "judicializar" la política, no sucedería si el gobierno de Cristina manifestara más respeto por los pormenores legales.

Desgraciadamente para los Kirchner, existen buenos motivos para suponer que la realidad mediática que tanto les disgusta se aproxima más a la auténtica que la insinuada por sus discursos cotidianos.

Para comenzar, es más probable que miles de periodistas de actitudes muy diversas y sus fuentes logren reflejar la realidad con mayor exactitud que dos o, a lo sumo, tres políticos que son notorios por su apego a prejuicios ideológicos anticuados y por su intolerancia hacia quienes se animan a discrepar con sus opiniones.

Asimismo, desde que a la pareja santacruceña se le ocurrió apoderarse del Indec para transformarlo en una usina propagandística que se limita a fabricar las buenas noticias que tanto le encantan, la ciudadanía sabe muy bien que para el gobierno la verdad es una comodidad flexible que depende de su propia voluntad, no de datos que son fácilmente verificables.

No debería sorprenderle a Cristina, pues, que la mayoría haya llegado a la conclusión de que el relato al que se aferra con tanta tenacidad pertenece a uno de sus géneros literarios favoritos, el del realismo fantástico.


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